miércoles, 28 de diciembre de 2016

Inocente adolescencia

Las ganas de amar estaban guiadas por la impulsividad.
La mente creía que la experiencia de la adolescencia era la adecuada.
Una noche que no sería cualquiera, dejaría sus huellas.
Y la inocencia se apoderó de la situación.
Una foto, una carta, un regalo, fueron parte del romanticismo momentáneo.
Y no todas las personas tienen la misma manera de sentir. 
La insistencia no daba frutos y olvidarse de lo sucedido fue la misión. 
Y no era tarea fácil olvidar algo que nunca pasó.
El interior de mi ser estaba revolucionado y sólo quería amar.
Y fue el tiempo que supo enseñar que el amor no es para tomarlo con rapidez, ni es algo pasajero.
Y yo mismo fui pasajero creyendo en que duraría lo que estaba haciendo. 
Construir sobre una base inestable no es aconsejable en ningún sentido y menos, si se habla de sentimientos.
Y el destino supo jugar con la sorpresa y la causalidad supo dar algunos mensajes.
La interpretación de los mismos, costó dolores mucho más que físicos. 
La adolescencia es una etapa difícil de aprobar, pero es la que marcará un crecimiento emocional vital.
El tiempo bien enseñó que la paciencia es una de las llaves para que nuestros deseos se realicen.
Pero es mucho más que un sueño, porque es algo compartido.
Un camino que se abre mientras tomamos la decisión de ir juntos guiados por el amor.
Y en caso que no funcione, siempre podremos sentirnos libres de comenzar uno nuevo y de vez en cuando, recordar aquello que vivimos en algún momento de nuestra vida.
MARIANO SANTORO