martes, 12 de mayo de 2015

Sembrar

Un día me animé a querer y mi corazón se permitió amar a la persona que cambió mi manera de ver la vida.
Un día dejé una puerta abierta y entraron en mí, los mejores sentimientos hacia otra persona, ya que era un reflejo de mi ser. 
Un día fui una pequeña semilla de paciencia, que luego se transformó en esperanza.
Un día me di cuenta que había mucho más que lo que veía a simple vista, podía mirar y fue cuando valoré la vida y todo lo que me rodeaba.
Un día me vi rodeado de ventanas y me acerqué a cada una para que entre la suave brisa del amor.
Ese día fue en que realmente me emocioné, porque no estaba en mis planes encontrarme con el más puro y genuino amor.
Un día abracé a la tierra, que fue la misma en la que pude echar raíces.
Me focalicé en la profundidad de mi mismidad, en lo interno, en crecer interiormente, porque todo eso, alguna vez saldría a la luz exterior.
Y la luz que ya vivía en mí, era el alimento de mis creencias y hasta de mis enamoramientos.
Porque comencé a amar esas mágicas oportunidades; aunque haya habido algunas que las dejé pasar.
Pero el tiempo también es mágico y suele regalarnos instantes y si estamos concentrados y ya aprendimos sobre el amor, sabremos hacer lo correcto.
Y un día estando ocupado con mis obligaciones, tuve el recreo mental de mirarme y vi crecer unas hojitas.
Toda esa dulzura natural, me sirvió para tener mayor conocimiento de lo que es el proteger a alguien.
Mi ser, ya tenía la seguridad necesaria para avanzar y fue cuando miré hacia arriba y me dejé crecer.
Y esas hojas tomaron fuerza, crecieron con fe, se hicieron solas sabiendo que la naturaleza las cuidaría y les haría saber que suele haber circunstancias que sirven para saber que también hay adversidades.
Pero todo es cuestión de creer y crecer.
Un día mis manos se abrieron con la intención de ayudar y fue cuando recibí la mayor gratitud de la vida.
Dando, me encontraba cada vez más lleno.
El alimento sabio era el amor que puse desde el primer día que miré hacia Dios y sentí su protección y sabía que eso era eterno.
MARIANO SANTORO